Recibo, por parte de una amiga, respecto de nuestro último comentario "Una idea ateniense", los calificativos de "pesimista" y "lóbrego". Como suele suceder en estos casos en que a uno le tienden una trampa, una trampa demasiado inocente, todo hay que decirlo, caigo en ella y contesto con vaguedades a lo que considero, digamos, más una provocación que un juicio mesurado. Mecidas unas horas, adormecidos los calores de estas consideraciones, se me ocurre que cualquier buen texto debe ser "pesimista" (¿alguien recuerda haber leído un buen texto "optimista", aparte de algún cartel publicitario o el horóscopo del periódico?). Además, está la consideración de que quien haya visitado Atenas hoy en día y no se vea embargado por el pesimismo es que ha perdido toda sensibilidad (o quizá nunca la tuvo, lo que le exculparía por completo). Pero suponemos, y quizá suponemos demasiado, que todo el mundo tiene alguna noción (no diré ya debida admiración) sobre la Grecia clásica, cuna de nuestra civilización, por lo que la mezquindad de los tiempos presentes no deja mucho espacio para el optimismo. (Naturalmente, quien me conoce sabe que, hecha la pesimista comprobación ateniense de la ruina cultural a la que nos ha conducido la sociedad de masas, nada me impidió recorrer ciertos senderos de la contemporaneidad relacionados con el sentido de la belle vie) Recuerdo, hace unos cinco años, que en una preciosa taberna de Corfú decorada con fotos antiguas de la vida social de aquella maravillosa isla, el tabernero, tras citar un pedacito de "La vida es sueño", no pudo resistir pronunciar un comentario subido de tono sobre un país en que, decía, sus habitantes pensaban ya sólo en comer. ¿Les suena?
sábado, 25 de septiembre de 2010
martes, 21 de septiembre de 2010
Una idea ateniense
En un reciente viaje a Grecia por sus Cícladas islas, tuve ocasión obligada de detenerme, aún dos días, en Atenas. Allí, la Acrópolis sigue, majestuosamente, presidiendo una urbe que nada tiene que ver con su antiguo clasicismo y su belleza. Como un rey destronado, desde la atalaya de su magna figura, el Partenón parece mirar, de soslayo y, quizá, desconfiadamente, cómo la vida de sus viejos súbditos sigue, ajena a la mejor época nunca vivida por la helenidad. En el siglo XIX, cumpliendo un Grand Tour muy particular, Lord Byron tuvo ocasión de plasmar estos sentimientos de viajero, como reflejan algunas de sus cartas. Si tuviéramos que poner un ejemplo incontestable de la orgullosa decadencia que nuestra civilización ha labrado desde aquellos tiempos eternamente sabios y prolíficos, Atenas lo sería. Por lo que a mi respecta, y en todo caso, ya cumplí con el necesario gesto de hacerse retratar en la Cecropia. Lástima que el tiempo no acompañara como es debido y no pudiera por tanto completarse dicho retrato con una magnífica tormenta en el cielo.
lunes, 21 de junio de 2010
Los restos del genio del Barroco
Coincidiendo con una estancia de diez días en la península itálica, tierra que viera nacer al genio Michelangelo Merisi, Il Caravaggio, saltó hace unos días la noticia del hallazgo y atribución de sus restos mortales. Restos de enigmática localización, fallecimiento del que, durante siglos, han elucubrado los italianos y los cronistas del arte, añadiendo, si cabe, luces y sombras a la significación del gran genio barroco de los claroscuros, maestro de maestros, esplendor del arte de la pintura universal.
Como decía, pues, en días en que tuve ocasión de recorrer los rojos bajos de la Galleria degli Uffizi, coronados por la atribuida Medusa del genio de la luz (un archiconocido icónico escudo) y salpicadas sus paredes por su colosal influencia en la pintura de la época, con los magníficos Van Honthorst, Spadarino, Gentileschi (para mí, especialmente magnífica)… surgió en prensa la enésima noticia sobre el misterio de la muerte del maestro, acaecida, según último anuncio basado en pruebas de ADN, el 18 de julio de 1610 en Porto Ercole, en la Toscana.
Y, a partir de ese anuncio, la batalla política por los presuntos restos del pintor maldito: a batirse comienza la Lega Nord, que defiende un enterramiento en Milán, ya que Caravaggio fue bautizado en la milanesa iglesia de Santo Stefano in Brolo (1571), y, en misma trinchera, la alcaldesa de la ciudad: “siendo el más célebre pintor lombardo y habiendo nacido en Milán, justo sea que aquí repose”; respuesta contraria del director del comité que ha llevado a cabo la investigación sobre los restos: “por tradición, el lugar de la sepultura es aquel de la muerte”. La batalla continuará, sin duda.
De vuelta a España, leo que El País se hace también eco de la noticia y que la interpreta, digamos, un poco maliciosamente, pero simpáticamente perfumada del costumbrismo a la italiana que, desde Totó, permanece en el imaginario español sobre la patria de Dante: Intereses turísticos y mediáticos habrían propiciado un nuevo (no el último, por supuesto) capítulo del culebrón sobre cómo y dónde murió el genio del Amor victorioso. Y, en medio de la tensión política y periodística, una figura, cómo no, británica (el crítico Andrew Graham-Dixon) surge de las sombras con un nuevo ensayo para decir que Caravaggio, un hombre violento, habría recibido la puñalada en la cara -que días después provocará su muerte- en la taberna del Cerriglio, en Nápoles, frecuentada por homosexuales. El culebrón, como la obra inmensa del genio, continuará.
Caravaggio, Giuditta e Oloferne (1599), Galería Nacional de Arte Antigua, Roma.
lunes, 7 de junio de 2010
L'art de la memòria. Exposición de urnas funerarias artísticas (hasta el 23 de junio de 2010)
"El arte de la memoria" es, en primer lugar y ante todo, el eslogan de nuestro proyecto Etternal. The art of Memory. Porque la memoria es un arte. Y el arte, uno de los mejores aliados de la memoria. No en vano, la etimología de 'monumento' así nos lo recuerda y, dicho sea de paso, de una forma mucho más explícita en la lengua germana que en castellano. En segundo lugar, "l'art de la memòria" es el título que hemos escogido para la exposición de urnas funerarias artísticas que hemos organizado en la galería Art Centre, en el número 253 de la calle Provenza de Barcelona, entre el Paseo de Gracia y la Rambla de Cataluña.

Nos sentimos especialmente orgullosos del montaje de esta muestra. Ha sido nuestra puesta de largo. Una bonita presentación en sociedad en la que nos hemos sentido arropados por un montón de público: amigos, familiares, artistas, gente del sector y anónimos visitantes que, tanto en la inauguración del pasado 3 de junio como en la noche de las galerías, del sábado 5, nos han acompañado y compartido con nosotros unos preciosos momentos. Como la actuación, delicada y sublime, de "Madame et moi", una formación musical de dos grandes multi-instrumentistas, Núria y Anna, que hizo las delicias de los presentes en la segunda fecha.

Por nuestra parte, insistir en que, en poco más de un año, hemos encargado, creado y realizado una gran cantidad de objetos ante todo bellos, verdaderas obras de arte de variados estilos y materiales y con la firma de un elenco de artistas de diferentes edades, culturas, tradiciones, trayectorias y carreras personales. Y, de entre todas esas piezas, hemos preparado una selección de las que nosotros consideramos las mejores 17.
La exposición estará abierta hasta el 23 de junio, inclusive. No te la deberías perder.
Palabra de amigo.
domingo, 16 de mayo de 2010
Tori
Como los lectores deben saber, este blog ha sido creado por el equipo de Etternal, una joven empresa especializada en arte funerario, particularmente en urnas funerarias. Entre la colección de urnas que el equipo de Etternal ha puesto recientemente en el mercado, existe una, titulada Tori Triangle, que presenta el detalle de un antiguo dibujo japonés grabado al ácido. Tori, en lengua nipona, tiene al menos dos acepciones: pájaro y, también, arco tradicional (torï) comúnmente situado en las entradas de los santuarios Shinto.
Uno de los alicientes que la fundación de un proyecto de arte funerario conlleva, al menos en el caso que me afecta, es la constatación, si acaso sucintamente, de la variedad y riqueza con que las diferentes culturas y religiones humanas tratan el tránsito desde este mundo al otro, adornándolo de innumerables matices y ritos diferenciadores. En este sentido, la relación con la artista japonesa Yukiko Murata y, como comentaba, el diseño de la urna funeraria Tori han servido de enriquecedora experiencia de acercamiento al mundo funerario japonés, tan lejano y desconocido para nosotros.
Resulta algo difícil, y seguramente inútil, ilustrar hasta dónde llega el conocimiento de la cultura japonesa en un occidental (no ya sólo la cultura funeraria). Por lo que a mi respecta, podría enumerar una serie de estímulos que, seguramente, están en común con los de bastantes personas de mi generación, y que se resumiría, a sabiendas de resultar muy injusto, en los filmes de Kurosawa, los relatos de Mishima, los mundos televisivos de Mazinger Z y los dragones de cartón piedra y, ya entrado el siglo veintiuno, los tebeos Manga, las películas de Miyazaki y Kitano y la cocina del pescado nipona.
Consabido que el anterior cánon de estímulos japoneses no es más que un puñado de imágenes tópicas del país del sol naciente (acaso lo que el lejano país ha sido capaz de exportar con mayor éxito), permitidme que ponga algún ingrediente más, quizá personal, a la identificación de la cultura japonesa. A las maravillosas y evocadoras lecturas de Mishima se sumó, hace tres años, un librito titulado Elogio de la sombra. Publicado por Siruela en España, su autor, Tanizaki, expone en este breve ensayo el sentido de la belleza en Japón. En la medida observación de las cosas cotidianas, como las vajillas o el espacio doméstico destinado a las necesidades fisiológicas, Tanizaki trata de revelar el misterio de la belleza en su país que, sin duda, se encuentra no en la grandilocuencia sino en las cosas que nos parecen insignificantes e, incluso, inverosímiles.
De hecho, algo de la esencia de lo bello se encuentra en Japón en la sombra y no, como es común en nuestra cultura desde el modelo clásico del arte, en la luz que la crea. Las urnas funerarias que Murata ha creado para Etternal, fruto de una investigación larga, poseen algo de esa identificación filosófica de la belleza y, cómo no, de la estética que cualquier occidental mínimamente sensible identifica con el arte japonés, atento no tanto al efectismo como a una discreta y refinada, acaso filosófica, manera de entender la belleza.
En la voluntad de rendir cuentas con las atractivas formas del arte japonés, el equipo de Etternal ha utilizado un detalle de un dibujo nipón del siglo diecinueve para decorar su urna funeraria Tori. Aquí, el contraste evidente entre el Occidente y el Oriente queda simbólicamente manifestado por el material y la técnica, pues el citado dibujo se ha grabado sobre el límpido y moderno acero inalterable.
Referencia bibliográfica: Tanizaki, Elogio de la sombra, Madrid, Siruela, 2006.
lunes, 3 de mayo de 2010
De libros, rosas y tumbas.
El pasado 23 de abril, celebración de Sant Jordi y día del libro, en lugar de repartir rosas, acabé haciendo de canguro de mi único sobrino, Armand, de once meses. A cambio de ocuparme de él, mi brother-in-love, como me gusta llamarle, y mi querida hermana me regalaron la última novela de Vila-Matas, Dublinesca, que no es a la que quiero dedicar esta entrada. En su lugar, estuve hojeando un libro que se había comprado el mismo día mi hermana -para sí misma-, parte de una colección dedicada a fotógrafos españoles, en formato de bolsillo, de la editorial La Fábrica. En concreto, el número era el dedicado a Colita, la fotógrafa barcelonesa, nacida en 1940 y miembro destacado de La Gauche Divine - colectivo que ha vuelto a ser noticia la semana pasada por la desaparición de Tato Escayola. Entre los diversos y divertidísimos retratos, la mayoría de relevantes personajes tan públicos como Terenci Moix, Gabo, Serrat, Beatriz de Moura o Alberti, uno me llamó poderosamente la atención, el de un sonriente Jaime Gil de Biedma, reclinado en una tumbona con varios de sus perros, algunos cachorros, en una escena de lo más exterior y veraniega - pero que, desgraciadamente, no me está permitido reproducir aquí y por lo que, al lector más impaciente, pido disculpas anticipadas por hacerle seguir este link que, de forma inevitable, le interrumpirá la lectura.
Del libro pasé al ordenador, del texto al hipertexto y de la secuencia única a los saltos e intermitencias de la lectura en Internet, del papel a la pantalla, en definitiva, de la era Gutenberg a la digital, uno de los temas centrales y apocalípticos del primer libro que mencionaba, el de Vila-Matas en Seix-Barral. Googleé 'Colita', leí un blog que la fotógrafa realmente se llama Isabel Esteban y, en un par de clicks, me encontré en su página web, donde pude continuar apreciando su obra, exclusivamente en blanco y negro como si de una representación de los claroscuros típicos de la existencia se tratara y, cómo no, de los vaivenes de una larga y dispar carrera. En la sección de los libros publicados, di con un título que bien podría merecer una entrada en este blog: Cementiris de Barcelona de 1981 en Edhasa, del que se pueden apreciar algunas imágenes en la sección de Cementerios, y que he compartido en facebook con el perfil de Etternal. Pero fue otra obra la que, a altas horas de la madrugada y casi en penumbra, me fascinó, al tiempo que me embargaba una sensación de hastío ante la más que probable imposibilidad de encontrar un ejemplar del mismo. Se trata del relato Una tumba escrito por Juan Benet e ilustrado con fotografías de Colita, un libro editado por primera vez en 1971 por Lumen. En esos pensamientos andaba yo, cuando mi sobrino se despertó, a eso de las dos y cuarto de la madrugada, y lo tuve en brazos hasta que, poco después, sus padres regresaron al piso me relevaron en la tarea de volverlo a dormir.
Así dejé pasar el fin de semana, descansando y concentrado en otras lecturas. Pero el lunes, ante la página en blanco virtual que es cada nueva entrada de este blog, recordé las pesquisas de la noche del viernes. Entonces, dirigí el rumbo de mi navegador hacia el verdadero cementerio de libros olvidados: Iberlibro, donde, ¡oh sorpresa!, encontré una librería en mi mismo código postal que ofrecía un ejemplar de la obra deseada. Llamé por teléfono para confirmar la existencia y emprendí el camino a pie a un establecimiento de la calle Guilleries, para mí desconocido, de nombre Catálogo Libros, donde un amable bibliófilo me atendió, retirándose a la trastienda y regresando con un paquete de papel de estraza de donde separó un ejemplar de Una tumba de entre varios iguales. Mi cara debía hablar por si sola, ante la constatación de que mi corazonada del viernes no podía ser más errónea: ¡estaba a punto de adquirir un libro nuevo de casi cuarenta años! El librero me contó que se había hecho con todos los sobrantes de la editorial, cuando ésta liquidó.
Salí del establecimiento, me acerqué al bar La Violeta, en el mismo barrio de Gràcia y, cerveza en mano, aprecié la maravillosa edición de la obra que obra y obrará en mi poder. Tapas de pasta dura, tripa de cartulina en color salmón y papel satinado para las páginas con fotografías en blanco y negro, a sangre, y el texto en tinta violeta, casi berenjena. Inmejorable estado de conservación, pero con ese olor ocre y narcótico tan característico de los libros viejos. Una joya.
Del contenido, que era la idea inicial para llenar estas líneas, diré lo mínimo para que el que quiera hacerse con otra joya y destilarla, y paladearla como se merece, es decir muy lentamente, pueda hacerlo sin, por ello, tener que dejar de leer en este punto.
El relato, de Juan Benet, es una maravilla del terror más próximo y total. El lenguaje y el estilo, brillantemente escogidos para resaltar la temática, producen momentos de distante oralidad y su lectura una sensación terrible, de ensoñación inducida, de estar cruzando involuntariamente un umbral, hasta el punto de que, al instante de cerrar el libro, se recuerdan las escenas, los personajes y su maldad, como si de un lejano y borroso sueño se tratara. Un gran acierto del autor, en mi opinión, no mostrar casi nada, no nombrar ni sustantivar, pero insinuarlo casi todo, en la forma de las descripciones, por la penumbrosa tonalidad con que tiñe su escritura y por el prisma que ha escogido para deformarlo todo, sin exageración, pero de forma monstruosa, lo que produce, desde la primera línea, una escalofriante sensación de proximidad. Y que cada uno complete los intersticios de la trama.
Por su parte, las fotografías de Colita siguen un desarrollo narrativo por momentos paralelo al texto. Empleando la repetición y, sobre todo, la omisión deliberada de cualquier imagen de una tumba, hay fragmentos del relato en los que voz e imagen consiguen ampliar esa impresión hipnótica en el lector. Aunque no siempre le es posible mantener ese efecto y, a medida que avanzamos en el relato visual, las localizaciones escogidas se muestran insuficientes para ello. En lo puramente fotográfico, son preciosos y sabiamente escogidos los encuadres, y la luz, tamizada pero viva, con mucho contraste, recuerda a los cielos eternamente encapotados de los otoños del norte.
Me despido con las primeras líneas del libro, esperando que alguno de vosotros se interese por la obra y podamos, en un futuro cercano, discutir sobre su lectura:
"La tumba había permanecido abierta casi un año, o quizá dos; y la profundidad que en un principio tuviera la fosa quedó reducida, al término de la guerra civil, a su mitad, expuesta a los rigores de un invierno - o quizá dos-..." (Una tumba - Juan Benet)
Del libro pasé al ordenador, del texto al hipertexto y de la secuencia única a los saltos e intermitencias de la lectura en Internet, del papel a la pantalla, en definitiva, de la era Gutenberg a la digital, uno de los temas centrales y apocalípticos del primer libro que mencionaba, el de Vila-Matas en Seix-Barral. Googleé 'Colita', leí un blog que la fotógrafa realmente se llama Isabel Esteban y, en un par de clicks, me encontré en su página web, donde pude continuar apreciando su obra, exclusivamente en blanco y negro como si de una representación de los claroscuros típicos de la existencia se tratara y, cómo no, de los vaivenes de una larga y dispar carrera. En la sección de los libros publicados, di con un título que bien podría merecer una entrada en este blog: Cementiris de Barcelona de 1981 en Edhasa, del que se pueden apreciar algunas imágenes en la sección de Cementerios, y que he compartido en facebook con el perfil de Etternal. Pero fue otra obra la que, a altas horas de la madrugada y casi en penumbra, me fascinó, al tiempo que me embargaba una sensación de hastío ante la más que probable imposibilidad de encontrar un ejemplar del mismo. Se trata del relato Una tumba escrito por Juan Benet e ilustrado con fotografías de Colita, un libro editado por primera vez en 1971 por Lumen. En esos pensamientos andaba yo, cuando mi sobrino se despertó, a eso de las dos y cuarto de la madrugada, y lo tuve en brazos hasta que, poco después, sus padres regresaron al piso me relevaron en la tarea de volverlo a dormir.
Así dejé pasar el fin de semana, descansando y concentrado en otras lecturas. Pero el lunes, ante la página en blanco virtual que es cada nueva entrada de este blog, recordé las pesquisas de la noche del viernes. Entonces, dirigí el rumbo de mi navegador hacia el verdadero cementerio de libros olvidados: Iberlibro, donde, ¡oh sorpresa!, encontré una librería en mi mismo código postal que ofrecía un ejemplar de la obra deseada. Llamé por teléfono para confirmar la existencia y emprendí el camino a pie a un establecimiento de la calle Guilleries, para mí desconocido, de nombre Catálogo Libros, donde un amable bibliófilo me atendió, retirándose a la trastienda y regresando con un paquete de papel de estraza de donde separó un ejemplar de Una tumba de entre varios iguales. Mi cara debía hablar por si sola, ante la constatación de que mi corazonada del viernes no podía ser más errónea: ¡estaba a punto de adquirir un libro nuevo de casi cuarenta años! El librero me contó que se había hecho con todos los sobrantes de la editorial, cuando ésta liquidó.
Salí del establecimiento, me acerqué al bar La Violeta, en el mismo barrio de Gràcia y, cerveza en mano, aprecié la maravillosa edición de la obra que obra y obrará en mi poder. Tapas de pasta dura, tripa de cartulina en color salmón y papel satinado para las páginas con fotografías en blanco y negro, a sangre, y el texto en tinta violeta, casi berenjena. Inmejorable estado de conservación, pero con ese olor ocre y narcótico tan característico de los libros viejos. Una joya.
Del contenido, que era la idea inicial para llenar estas líneas, diré lo mínimo para que el que quiera hacerse con otra joya y destilarla, y paladearla como se merece, es decir muy lentamente, pueda hacerlo sin, por ello, tener que dejar de leer en este punto.
El relato, de Juan Benet, es una maravilla del terror más próximo y total. El lenguaje y el estilo, brillantemente escogidos para resaltar la temática, producen momentos de distante oralidad y su lectura una sensación terrible, de ensoñación inducida, de estar cruzando involuntariamente un umbral, hasta el punto de que, al instante de cerrar el libro, se recuerdan las escenas, los personajes y su maldad, como si de un lejano y borroso sueño se tratara. Un gran acierto del autor, en mi opinión, no mostrar casi nada, no nombrar ni sustantivar, pero insinuarlo casi todo, en la forma de las descripciones, por la penumbrosa tonalidad con que tiñe su escritura y por el prisma que ha escogido para deformarlo todo, sin exageración, pero de forma monstruosa, lo que produce, desde la primera línea, una escalofriante sensación de proximidad. Y que cada uno complete los intersticios de la trama.
Por su parte, las fotografías de Colita siguen un desarrollo narrativo por momentos paralelo al texto. Empleando la repetición y, sobre todo, la omisión deliberada de cualquier imagen de una tumba, hay fragmentos del relato en los que voz e imagen consiguen ampliar esa impresión hipnótica en el lector. Aunque no siempre le es posible mantener ese efecto y, a medida que avanzamos en el relato visual, las localizaciones escogidas se muestran insuficientes para ello. En lo puramente fotográfico, son preciosos y sabiamente escogidos los encuadres, y la luz, tamizada pero viva, con mucho contraste, recuerda a los cielos eternamente encapotados de los otoños del norte.
Me despido con las primeras líneas del libro, esperando que alguno de vosotros se interese por la obra y podamos, en un futuro cercano, discutir sobre su lectura:
"La tumba había permanecido abierta casi un año, o quizá dos; y la profundidad que en un principio tuviera la fosa quedó reducida, al término de la guerra civil, a su mitad, expuesta a los rigores de un invierno - o quizá dos-..." (Una tumba - Juan Benet)
lunes, 19 de abril de 2010
Avanti!
Rodada en 1972, Avanti! (en España titulada ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?) es una de las películas quizás menos conocidas de Billy Wilder. Adaptación de una obra de teatro de Samuel Taylor, la historia está protagonizada por Jack Lemmon, quien interpreta a Wendell Armbruster, un arquetípico hombre de negocios americano que debe viajar hasta la pequeña isla de Ischia, en el litoral napolitano, con el fin de repatriar el cuerpo de su recientemente fallecido padre. Su compañera de reparto, una buena actriz muy ausente de las pantallas, Juliet Mills, hace el papel de Pamela Piggott, hija de la amante del fallecido y también muerta.
Uno de los elementos narrativos más importantes de la película se basa en el progresivo descubrimiento por parte del estresado Armbruster de la vida disipada y bella que su progenitor llevaba, secretamente, en la idílica isla mediterránea. Allí, el supuestamente recto hombre de negocios, presidente de una gran compañía americana, pasaba los veranos en un hotelito junto a su amante, hasta que la muerte los encontró a los dos, al modo de unos Romeo y Julieta contemporáneos, mucho menos tocados por el drama que la célebre pareja veronesa.
Esa trama personal, que se mezcla con una nueva y heredada historia de amor entre Lemmon y Mills, junto a la circunstancia del reconocimiento de los cadáveres y la posterior desaparición de los mismos, hace de Avanti! un feliz encuentro cinematográfico, entretenido, tierno y salpicado de la inteligencia e ironía del gran Billy Wilder. Una comedia negra y romántica en la que la vida logra confundirse con la muerte, en un episodio afortunado para el cine, a pesar de las conjeturas del propio director con la cinta (ver Cameron Crowe, Conversaciones con Billy Wilder, Madrid, Alianza, 2000, págs. 248-249).
Uno de los méritos de la poco reconocida Avanti! (si se me permite, la considero una película que crea afección a la vida, quizá por pertenecer ya a la última y más libre etapa creativa de su director) es el contraste del retrato en clave de comedia de los tópicos del hombre de negocios americano y el perfil del italiano meridional, que Wilder logra mezclar con su conocida brillantez, a través de algunas exageraciones y aciertos caracteriales.
Destacada es la escena en que Lemmon y Mills deben reconocer los cadáveres de sus respectivos progenitories, en una pequeña capilla, el lugar más fresco de la tórrida isla. Unos cadáveres que, gracias a la rocambolesca trama del film, desaparecen para convertirse en objeto de un italianissimo chantaje. Un enredo solucionado, también, "a la italiana" y que tiene en el baño que los dos protagonistas se dan desnudos en el mar su momento de destacada hilaridad (un baño censurado en la versión que se proyectó en España).
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